Dar el paso de iniciar un proceso terapéutico nunca es fácil.

En muchas ocasiones tenemos que darlo a escondidas, porque no estamos preparados para compartirlo con nadie, o tenemos un entorno que devalúa el papel del psicólogo y no queremos o podemos sostener los juicios que, aún a día de hoy, se reciben de parte de terceros cuando vamos a consulta.

Hay muchos motivos que nos pueden llevar a sentirnos perdidos cuando vamos a consulta, pero el que personalmente más me duele e incomoda es el de las personas cercanas al paciente que nos quieren y “cuestionan” si está o no habiendo un avance terapéutico. Esto me abre varias vías de reflexión, y hoy estoy habladora, así que exploremos.

¿Qué es avanzar dentro de un proceso de terapia? ¿Cómo se cuantifica y se evalúa desde el exterior del proceso, sin formar parte de él y sin saber cuáles son los objetivos que el paciente tiene? ¿Puede “verse” pronto ese cambio?

Igual que una persona a golpe de vista no puede extraer una analítica de sangre, sólo a través de la observación, ¿quién ha validado la creencia de que a través de la observación, sesgada por los prejuicios y expectativas del que mira, se puede calcular si una persona está avanzando o mejorando en su proceso?

Cuando alguien viene a consulta, lo primero y más importante es establecer un lugar seguro y un espacio de calma, ya que sin esto no existiría proceso alguno. A partir de este punto, el trabajo es similar al de un artesano. Nos vemos envueltos en las sutilezas del caso y de la persona, que normalmente comparte en sus sesiones cosas que jamás ha verbalizado, o incluso que anteriormente se censuraba al pensar.

Todos los pacientes se vuelven vulnerables en sesión, y a veces, en ese estado de vulnerabilidad, reciben un comentario que les deja en bloqueo:

  • “Pues para el tiempo que llevas, yo te veo igual”.
  • “¿Estás seguro de que te está ayudando ir a la psicóloga?”
  • “No, si haz lo que quieras, sólo es que no veo ningún cambio, de hecho te veo peor”.

Esa persona, que se está abriendo, que ha confiado y confía en lo que pasa en sus sesiones, que incluso las disfruta y viene con motivación, se encuentra con que gente que le quiere y le apoya no valora los cambios que está haciendo.

¿No es esto una evaluación “a ojo” sin saber cómo esta opinión no pedida puede afectar a la persona?

Cuando lanzamos estos mensajes deberíamos pensar bien en la persona que los recibe. No sabemos qué sutiles engranajes se están moviendo en sesión. Quizás lo que desde fuera la gente espera que esté siendo el motivo de las sesiones no tiene nada que ver con lo que el paciente quiere o está abordando en su consulta.

Quizás las expectativas de cómo debería verse alguien que va al psicólogo se nos han ido de madre y han dejado de ser realistas.

El objetivo de la terapia psicológica no es tatuarnos visiblemente un cambio que la gente desde fuera nos vea. Lo interno, nuestro autolenguaje, la manera en la que revisitamos un evento o nuestra gestión de los agentes estresores es a veces lo que empieza a desarrollarse, y esto no se hace para “ser visto”, se hace desde dentro.

Igual que si cultiváramos un huerto, así vivo y acompaño en consulta los procesos de quienes vienen a mí. Si planto hoy una semilla, no espero recoger un frutal en un mes, o en dos.

Necesitamos entender que los procesos se alejan de la falsa creencia de inmediatez que nos inunda. Que no vamos al psicólogo para que los que nos rodean noten nada (aunque eventualmente acabará por permear el cambio todas las áreas de nuestra vida), sino que es un proceso íntimo y personal.

Y quizás, precisamente por eso, una de las cosas más importantes que podemos hacer por alguien que está en terapia es dejar de preguntarnos cuánto ha cambiado y empezar a preguntarnos cuánto está pudiendo crecer, porque no todo lo que crece se ve.

Hay procesos que durante mucho tiempo suceden bajo tierra, las raíces se están haciendo más fuertes, aunque desde fuera sólo veamos la misma tierra, y no necesitamos desenterrar la semilla cada semana para comprobar si está creciendo.

Confía, lo estás haciendo bien.


Marta Rubio

Foto de Anthony Tran en Unsplash